LOS NOMBRES QUE SUSPIRAN

Un día cualquiera, decidí cumplir uno de mis sueños: verla. Bajo una noche despejada y apunto de clarear, me encontré con mis circunstancias y como de costumbre, ultimé arrastrarlas hacía quien sabe dónde. Ciertamente, nunca sabes lo que te vas a encontrar y aunque yo intenté ir con todo, también reconozco que iba sin nada. Sólo me bastaba comprender: allí estaba ella esperándome. Caminé confusa entre el estallido de voces y la multitud de indicadores que me acechaban. No me gusta el tumulto, pero resulta difícil escapar de tantas almas ilusionadas y miedosas. Al fin y al cabo, yo era una de ellas. Así que me aferré a mi esperanza y aguardé mi gran momento. Con suerte, descendí a la hora exacta y sin darme cuenta, me habían trasladado al lugar ansiado. Mírala- Me dije.

Comencé a penetrar por sus entrañas y francamente, me sentí afortunada. Allí estaba impávida, rodeada de magnificencia. Después de oír hablar tanto de ella, solo deseaba conocer cada uno de sus poros. Sentí que me atrapaba. Sus calles transpiraban costumbre y humildad. Súbitamente, un trolebús apareció de la nada y confirmó lo que estaba pensando: parecía como si hubiese viajado en el tiempo, 30 años atrás. Multitud de personas se cruzaban por mi camino; es imposible entender lo que dicen. El aire sopla caliente y yo siento escalofríos al darme cuenta que aún no he ido a recoger el coche de alquiler. A toda prisa, me dirijo al punto de quedada y sonrío al ver que la persona también había llegado tarde. Llevaba unas gafas oscuras que no me dejaban contemplar sus ojos. Por suerte, nos podemos entender, aunque no fuese con la mirada. A las 11 ya había iniciado mi marcha y no quedaba otra que cumplir con mi itinerario.

Era consciente y tragué saliva. En una plaza, en lo alto de una torre, se erguía imponente una bandera. Sus rallas azules y blancas se movían perezosamente, representando ese gran país. Justo en ese instante, el hambre llamaba a mi estómago y decidí descubrir la gastronomía que allí se estilaba. Fue fácil decidirme por su plato principal: ensalada con queso feta. También deguste mejillones saganaki y por último, el característico yogur. Si no hubiese sido por el ouzo, quizás la nitidez del día habría sido más larga. Pero una supo más tarde que ese licor se rebajaba con agua. No volví a tomarlo solo.

En mi viaje, me asombré al descubrir Kalambaka. Ahí yacen los monasterios de Meteora. A 600 metros se encuentran estas gigantescas construcciones colgantes del S.XVI, talladas en las rocas y habitadas por monjes ortodoxos. Las vistas se convierten en serenata a los ojos de cualquiera. No carecen de  belleza; les sobra suntuosidad. A lo lejos, diminutos individuos escalan las montañas. Lo entiendo, al sentir que tocas el cielo, todo lo demás se vuelve banal. Pensé en irme con ellos, pero mi vestimenta no me dio margen para improvisar. A mi izquierda, un grupo de personas se amontonan para fotografiar cualquier minúscula cosa. Por desgracia, advertí que la mayoría de ellas contemplaban a través de sus cámaras y no de sus sentidos. De repente, un monje apareció por las inmediaciones de una torre. Sentí una sacudida al pensar que habría dedicado casi toda su vida a la contemplación y el cuidado de ese lugar. Llevaba una barba larga y desordenada; sus ropas mostraban antigüedad y uso. Parecía un hombre en paz, sirviendo a Dios y a las montañas. Por primera vez sentí cierta envidia y quise hablar con él. Sin embargo, su caminar acelerado denotaba que no quería mezclarse con nosotros.

Sospecho que pocas personas podrían vivir con tan poco. No me imagino, actualmente, una sociedad inmersa en el silencio y alejada de las redes sociales, de un móvil. En ese momento, su teléfono sonó, como por arte de magia. Evidentemente, también tiene derecho a comunicarse con el exterior. – Pensé. Hablando en castellano desordenado, o eso es lo que el griego parece, sonreía mientras contestaba a la persona que estaba al otro lado del aparato. Como buena periodista, me hubiese gustado entrevistarle y pedirle que me explicara cómo eran sus días preso de tanta belleza y alejado del mundo. Le hubiese acorralado a preguntas y peticiones decoradas por una grata sonrisa. Por un momento especulé que me había escuchado o que notaba mi mirada atenta y clavada en él. Disimulé un poco, a veces reconozco que soy demasiado explícita en mis gestos. Entre tanto pensamiento, tres aves cruzan el horizonte. Dan ganas de irse con ellas volando y surcando los cielos. Continúo aquí. El monje no tardo en entrar apresurado al monasterio y sin pensármelo dos veces, le seguí.

Numerosos grabados y tapices recogen dentro algunas de las hazañas del monasterio. Sus pasos eran veloces, equilibrados con sus largas piernas. Tuve que recurrir al típico papel de turista perdida que no sabe a dónde va. Y ciertamente, no sé hacia donde voy- Me inquieté. Después de pasar un extenso y estrecho pasillo, vi que entró en una de las habitaciones del final. Cogió una diminuta libreta y sin levantar la mirada del suelo, se dirigió a otra parte. Aún continuaba hablando por el teléfono, no se acordó de cerrar la puerta. Desapareció. Y allí estaba yo, enfrente de su despacho, sin nadie más a mí alrededor. Aunque sabía que no estaba del todo bien, decidí entrar haciendo honor a mi papel, claro. Lo primero que note fue un olor a viejo y rancio. Todo estaba impregnado de pasado. El aroma era fuerte porque al parecer, no solían ventilar los habitáculos. Las paredes estaban pintadas de un color crema apagado y al fondo, una mesa presidía todo el perímetro. Había un ventanal cerrado, cubierto por unas cortinas blancas que deseaban ser abatidas por el viento. Pero no, ahí restaban quietas y tristes, aguardando un poco de libertad.

Todo era demasiado soso, poco arreglado. No parecía una persona desordenada, pero sí algo descuidada. Había algunos papeles tirados por el suelo y algo de suciedad. En la pared vi fotos, donde aparecía el dueño del despacho. En la mayoría de ellas posaba con la misma medida de la barba, junto con otros monjes o familiares. Me llamó la atención ver a varios perros en esas imágenes. Los religiosos parecían amantes de los animales. Sin embargo, mi monje no sonreía en ninguna de ellas. Quizás no le gustaban sus dientes o simplemente, era un hombre demasiado serio. Era el más alto y delgado. No tenía pelo en la cabeza, cosa que compensaba con tanta barba. No obstante, todos llevaban. Alzando la mirada en ese muro, muy arriba, se hallaba una imagen en blanco y negro. Me parecieron sus padres. Tampoco sonreían, debe venir de familia- Pensé. A la derecha colgaba un calendario con algunos días tachados. Hacía dos semanas que no continuaba haciéndolo. Quizás era un hombre demasiado ocupado.

Por la posición de las cosas intuí algo. Tanto el lapicero, los bolígrafos y todas las cosas de encima de la mesa estaban espaciados hacia la izquierda. Las tijeras me dieron la última respuesta: era zurdo. Una libreta estaba abierta por una página en sucio, pero no entendí bien la letra, ni el griego. También había libros desordenados y amontonados. Al lado, una estantería abarrotada de ellos me llamó la atención: estaba llena de polvo. Hice el acto de abrir alguno de ellos, pero me contuve. El perchero se encontraba repleto de ropa: un sombrero, un abrigo gris, un atuendo largo y una bata con unas iniciales. De repente oí unos pasos que me hicieron salir precipitada del despacho. Me di cuenta que estaba en un lugar privado y que estaba espiando más de la cuenta. El ruido había sido una falsa alarma, pero dude en volver a entrar. En la puerta pude leer un nombre: Fabio. Mi intuición me hizo recular y hacer el camino de antes a la inversa. Al principio del pasillo me encontré con otro monje que me miró extrañado, pero no dijo nada. Tuve suerte de haberme ido a tiempo.

Mientras caminaba, me dio ganas de buscarle y conocerle más personalmente. Quería saber cuánto tiempo llevaba formando parte de este monasterio, quienes eran sus padres, ver su sonrisa, saber el porqué de todo. Quise conocerlos a todos. Que me explicaran sobre esos animales, saber si los demás sonreían, conocer que hacían en sus ratos libres. Dude de si volvería a ver a Fabio o si se convertiría en una sombra espiritual inalcanzable. No lo volví a hallar. Ni a ninguno de ellos. Parecía como si se hubiesen volatizado. Al menos dejé su ventana un poco abierta y la llene de presente y vida: me había caído bien.

Qué corta se hace la estancia cuando hay tanto que recorrer. Atenas, tan impresionante como caótica. La ciudad que carga con el peso de la romanización. En lo alto, la acrópolis se ilumina por sí misma y nos regala el Partenón, el Erectión y el Templo de Atenea Nike. Olvidada, la Biblioteca de Adriano recrea muy poco de lo que un día fue.  Bajando por la península del Peloponeso me beneficié de ciudades inolvidables. Todo importa allí donde vas. Sobre todo, cuando comprendes que es Patrimonio de la Humanidad.

Es costoso identificar todo ese país con un solo nombre. Al agotar los días de mi estancia, asumí con tristeza que el tiempo no jugaba a mi favor. El cielo estaba despejado, pero en mi mente todo se retorcía pidiendo que no me fuera. Me abrumaba. Deposité parte de mí y me llevaba todo lo que Grecia me había hecho reflexionar y sentir. Recogí mis cosas con desagrado y presentí que ya no volvería a ser la misma. De vuelta pude deliberar: Un suspiro es lo que parece. Su forma es imprecisa y seguro que a veces se siente aislada en la parte baja del planisferio. Si, allí en la lejanía de todo. Otros días, tiene que saber lo poderosa que es. Pero, ¿Te avergüenzas de ser un suspiro? –Le dije sobrevolando el paraíso. Tenía que saber que un sollozo está compuesto de trocitos de alma que se manifiestan, a menudo, al contener tanta memoria del pasado. No contestó. Posiblemente, porque en su caso, entiende que contiene el origen de lo mío y el de todos nosotros. Quizás es porque meció toda la civilización occidental y decidió quedarse con forma de lamento. Sin embargo, en ella surgió la democracia, la filosofía, la literatura, los Juegos Olímpicos, el principio de las matemáticas y la ciencia, entre otras muchas cosas. Entonces, ¿No debería llamarse de todas las maneras posibles? Supongo que sí. Pero, tal vez, lo más correcto sea decirle: Grecia. Y al fin, suspiré.

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La puerta esta entreabierta… ¿Te atreves a adentrarte a mi universo de palabras?